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Mi Decisión de Cambiar el Club de las 5 AM por el Wellness de 2026

He cambiado el club de las 5 de la mañana por la tendencia wellness de 2026 (y así me he sentido)

La búsqueda de una vida equilibrada ha transformado la forma en que muchas personas organizan sus rutinas, y mi experiencia no ha sido la excepción. Este artículo explora por qué abandonar los despertares extremos puede convertirse en una decisión profundamente liberadora.

Durante años, intenté adaptarme a la filosofía del llamado club de las cinco de la mañana, un movimiento que anima a comenzar el día antes del amanecer para dedicarse a actividades que supuestamente promueven el crecimiento personal. Aunque en teoría parecía una propuesta atractiva, mi relación con esta práctica terminó convirtiéndose en un ciclo agotador que no siempre favorecía mi bienestar. La idea de adelantar la rutina con el objetivo de obtener “tiempo extra” para cultivar hábitos saludables terminó desviándose hacia una carrera silenciosa por cumplir con responsabilidades que, en realidad, nunca disminuían. Y, mientras acumulaba madrugones, las horas de sueño quedaban cada vez más comprometidas. El resultado era un ritmo insostenible que me obligó a reevaluar por completo lo que entendía como productividad.

Con el paso del tiempo, comprendí que no era el acto de madrugar lo que marcaba la diferencia, sino la calidad de ese tiempo. Había mañanas en las que sí lograba disfrutar la calma del amanecer, el café sin prisas o una breve sesión de ejercicio. Sin embargo, también había días en los que despertarme tan temprano se convertía en una excusa perfecta para continuar trabajando más horas de las razonables, lo que iba totalmente en contra del propósito original del método. Y lo más evidente era que, al ir restando minutos al sueño sin compensarlo en la noche, el cansancio acumulado hacía mella en mi cuerpo, en mi ánimo y en mi capacidad de concentración.

A pesar de todo eso, hubo etapas de mi vida en las que sentí que el club de las cinco de la mañana me proporcionaba una estructura útil. Por ejemplo, cuando mis hijas eran pequeñas, necesitaba anticiparme a la dinámica impredecible de la mañana. También lo adopté en momentos particularmente exigentes del trabajo, cuando requería un espacio libre de interrupciones para avanzar. Incluso durante mis años como estudiante, madrugar resultaba más efectivo que enfrentar el temario por la tarde, momento en el que mi energía simplemente se desvanecía. Pero aun reconociendo esos beneficios puntuales, hoy estoy convencida de que la práctica dejó de ser una aliada para convertirse en algo que drenaba mi bienestar general.

El cambio se produjo cuando comencé a darme el permiso de dormir un poco más. Con solo cuarenta y cinco o sesenta minutos adicionales, noté que mi nivel de energía se mantenía más constante durante el día. De repente, ya no sentía ese agotamiento abrumador a media mañana y podía abordar mis tareas con mayor claridad mental. No me uní al famoso “club de las 8 de la mañana” ni transformé mi rutina de manera drástica. Simplemente ajusté mi despertador a una hora más amigable, y la diferencia fue notable. A veces, no se trata de reinventar toda la vida, sino de permitir que el cuerpo recupere su equilibrio natural.

El agotamiento emocional y la saturación del bienestar al madrugar sin control

Durante mi exploración de esta transformación, me topé con reflexiones que abordaban el impacto social y emocional de quienes viven bajo rutinas extremadamente matutinas. Una de ellas provenía de un ensayo que describía las dificultades que emergen cuando el horario personal se desajusta tanto del resto del entorno que las interacciones sociales comienzan a resentirse. Y lo cierto es que esa distorsión no solo es real, sino común. Me vi reflejada en la imagen de alguien que, mientras el resto del grupo sigue disfrutando de una conversación en una cena, ya muestra señales evidentes de agotamiento antes de las nueve de la noche. Una escena que experimenté demasiadas veces.

Ese desfase también puede interferir en la relación con los hijos, especialmente cuando atraviesan etapas en las que necesitan compartir, expresarse y conectar en momentos nocturnos. Esas conversaciones espontáneas e importantes suelen llegar tarde, justo cuando la energía ya no responde del mismo modo. Y reconocer que el cansancio nos aleja de esos instantes esenciales genera una mezcla incómoda de frustración y culpa. Fue ahí cuando comprendí que no solo necesitaba dormir más, sino también redefinir mis prioridades.

Dormir poco afecta mucho más que el humor o los reflejos. Tiene un impacto directo en la forma en que comemos, en cómo tomamos decisiones y en la capacidad de mantener un estilo de vida saludable. Cuando el cuerpo está fatigado, pide alimentos rápidos, altos en calorías o poco nutritivos. Además, la idea de hacer ejercicio después de una jornada intensa se vuelve casi absurda cuando la energía se agotó desde el amanecer. Por eso, al desplazar mi horario hacia uno más equilibrado, descubrí que también mejoraban mis hábitos alimenticios y mi disposición a moverme.

La rutina matutina idealizada, por tanto, no es un requisito indispensable para una vida plena. Lo que cada vez resulta más claro es que las estrategias de bienestar que se popularizan en redes sociales no siempre funcionan para todos y, en ocasiones, pueden generar más presión que beneficio. La verdadera clave es que cada persona encuentre un ritmo propio, uno que respete sus ciclos naturales y se adapte a sus responsabilidades, sin caer en una competencia silenciosa por “aprovechar al máximo cada minuto”.

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De qué manera la carencia de descanso ha llegado a ser un fenómeno tanto social como económico

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Además de los desafíos personales, me sorprendió descubrir que la falta de sueño no es solo un problema individual, sino una tendencia global que crece a un ritmo preocupante. En sociedades hiperconectadas, donde la vida digital invade cada minuto libre, el descanso se ha convertido casi en un lujo. Las horas previas a dormir están dominadas por pantallas, contenido interminable y la sensación constante de que siempre hay algo más por ver, leer o revisar. Y esta prolongación artificial del día no solo altera el sueño, sino que se ha convertido en parte estructural de un modelo que monetiza nuestra atención nocturna.

Diversos análisis señalan que muchas de las decisiones de consumo más impulsivas se producen durante la noche, especialmente en franjas en las que la fatiga reduce la capacidad crítica. No sorprende que las plataformas de comercio electrónico registren picos de ventas precisamente en esas horas. Esto ha despertado la reflexión de que dormir menos también puede ser funcional para un sistema que se beneficia de usuarios conectados el mayor tiempo posible. Y aunque parezca un planteamiento exagerado, no deja de ser una observación contundente sobre cómo nuestra relación con la tecnología ha modificado los ciclos más básicos de la vida.

La cultura del bienestar, de manera paradójica, ha experimentado un auge mientras la calidad del descanso se deteriora. Se discuten nuevas tendencias para 2026 que destacan el retorno a lo analógico, la respiración profunda, el contacto con la naturaleza y la disminución de estímulos. Y aunque estas corrientes puedan parecer simplemente una moda más, en realidad reflejan una necesidad subyacente: recuperar la simplicidad y volver a escuchar lo que el cuerpo ha estado pidiendo durante años. Dormir bien, aunque no implique un gasto económico, se ha transformado en un privilegio difícil de alcanzar en un mundo acelerado.

Por ello, dejar de levantarse extremadamente temprano no solo ha incrementado mi vitalidad, sino también mi percepción global de bienestar. Descansar lo suficiente es una manera discreta de cuidarse a uno mismo, una elección que afecta todos los ámbitos de la existencia y que, de manera inesperada, puede ser un modo de vivir con mayor consciencia y sostenibilidad. Al fin y al cabo, nada reemplaza la lucidez mental y la tranquilidad que proporciona un descanso reparador.

El balance como una novedosa forma de bienestar

Abandonar el club de las cinco de la mañana no significó renunciar a mis objetivos ni a mis hábitos saludables. Fue, más bien, una forma de reivindicar la importancia de escuchar al cuerpo y adaptar las rutinas a la realidad de cada momento vital. Hoy mi despertador suena más tarde y mis mañanas son menos rígidas, pero más sostenibles. Sigo valorando el silencio matutino y la sensación de tener un instante propio, pero ya no lo hago a costa de mi salud ni de mi vida social.

Este cambio forma parte de un movimiento más amplio que busca reemplazar la exigencia constante por prácticas conscientes y respetuosas con el descanso. Porque el bienestar no es una carrera ni un conjunto de reglas absolutas. Es un proceso cambiante que se construye con pequeños actos cotidianos, entre ellos, el simple y poderoso gesto de dormir lo necesario.

Por Otilia Adame Luevano

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